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vanecaos
¡¡Feliz, feliz en tu díaaaaaaaaaaa!!! *Vane desgañitándose como una maldita almeja*

Feliz cumpleeeeeeeee, niñaaaaa... Agosto es el mes de los mejores cumpleaños ;P

Actualización de Fanfiction, "Rosa de sangre"
vanecaos
Por fin he actualizado la primera parte del epílogo de "Rosa de sangre" :DD Es el capítulo, Acompáñame a la eternidad, parte 1.

www.fanfiction.net/s/4765764/36/Rosa_de_sangreLee un extractoCollapse )
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"El techo de la gruta era alto, abovedado, y recordaba el de las antiguas catedrales, con nervaduras que se unían en lo alto. Eternas gotas de agua resbalaban por sus resquicios, cayendo al suelo con la lentitud de los siglos, formando diminutos riachuelos en la piedra negra. Era como un viaje al inhóspito centro de la tierra, donde únicamente las teas en soportes oxidados de hierro incrustados en la pared y las decenas de velas medio derretidas en los salientes de piedra daban testigo de la presencia, alguna vez, de seres vivos allí.

¿Únicamente? No, había algo más que delataba que aquella gruta se había usado alguna vez con un propósito, el origen del aquel olor a la sangre de Kaname, pero Yuuki se sentía incapaz de mirar hacia allí.

-Hazlo.- el susurro de él contra su oído le arrancó una exclamación ahogada-. Mira hacia el fondo.

Ya fuera por el hipnótico murmullo de Kaname o porque sucumbió a la curiosidad, Yuuki giró lentamente la cabeza hacia lo que había al fondo de la caverna. Una enorme piedra -no, una losa, se corrigió-, negra como toda la gruta ¿Un altar? Las emociones que emanaban de ella eran tan sólidas, tan reales, que Yuuki sólo tenía que cerrar los ojos para tocarlas. Kaname tiró de su mano.

-Ven. Acerquémonos.

No quiero. Pero sus piernas se movieron por sí solas, caminando inconscientemente de puntillas para no levantar más ecos en aquel agujero desolado. Cuando se aproximó a la piedra, vio que le llegaba por la cintura, un enorme bloque macizo. Tragó saliva cuando las velas que ardían en la pared del fondo le permitieron discernir algo más: grilletes. Había gruesos grilletes de hierro negro, rezumando óxido de siglos, preparados cerca de la cabecera de la losa, a ambos lados a media altura y dos más al final. Bandas de hierro.

Con la sensación de que el suelo se había abierto de golpe bajo sus pies, Yuuki reparó en que la piedra era tan larga como para que un hombre alto pudiera tenderse en ella. Y ser atado. Asqueada, paseó los ojos por aquel bloque, reparando en que había dos profundas canalizaciones grabadas en la piedra, que partían de donde estaban los grilletes para las muñecas y finalizaban a los pies de la losa, donde sin duda se habrían dispuesto recipientes. Preparados para recoger la sangre del sacrificio…

Ojos rojos, de un profundo rubí, mirándola. Cabellos como tinta sobre la losa. Una banda de acero ciñendo el cuello grácil, pálido. El brillo de un cuchillo. Grilletes en las muñecas delicadas. Las pestañas aleteando una última vez antes de esconder aquellos iris de sangre y los labios entreabriéndose para un último suspiro. Sangre… huele a sangre…

Aquello no era una cueva. Era una tumba. Y el escenario de una matanza. Justo debajo de su casa. "


La Wikipedia friki
vanecaos

Una página de recursos para amantes de Reinos Olvidados la mar de chula ^^ Es una wikipedia centrada en los Forgotten Realms, que va que ni al pelo si tienes que preparar una partida en ese mundo y no te sabes de memoria la maldita dinastía de los reyes de Cormyr, por ejemplo, o si Drizzt Do'Urden se rompió una uña antes o después de conocer a los Harper  ^^;;


http://forgottenrealms.wikia.com/

"Redención": los Antiguos
vanecaos
Seguimos perdiendo el tiempo en vez de hacer cosas más provechosas, en fin... Sigo con las ilustraciones de la partida de Vampiro. Ahora le toca el turno a los principales Príncipes del mundo vampírico. Empecemos por el Príncipe del Elíseo, la Corte de París, y uno de los líderes mundiales de la Camarilla: Claude, LaSombra de la 4ª generación *tiembla de pánico*. El fondo es el hall de la Ópera de París, claro :D


Y este es uno de mis favoritos: Alessandro, LaSombra de la 4ª generación *más escalofríos*, Imperator de Roma. En realidad es etrusco (por eso el pelo largo rizado y la barba), pero ha adoptado todas las señas de identidad de la antigua Roma. La foto del fondo es el Panteón. Digamos que es un aliado estratégico de la Corte de la Corona de Aragón, a la que pertenecen los personajes jugadores. Más que nada, por hacerle la puñeta al compañero de arriba *señala a Claude*

 

"Redención": todos los personajes principales
vanecaos
Ala, como no tenía nada más que hacer *silbido disimulado*, aquí van todos los personajes jugadores de "Redención", mi campaña del universo de rol Mundo de Tinieblas. Lo sé, lo sé, ¿vale? Necesito más práctica con el Photoshop, pero éstas son las ilustraciones que usamos para cada una de las fichas de personaje, así que no se ven muy grandes y los defectos no destacan tanto... *ehem* Voy a usar el LJ cut para que el post no se vea tan largo y es la primera vez que lo hago, espero que salga un botoncito de "leer más" ^^;



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Para empezar, el prota y único personaje jugador (lo lleva mi marido, todos los demás,  son un Ejército, los lleva el máster, o sea yo). Su nombre: Fernando Martín, nacido en el valle aragonés de Benasque allá por 1190. Cruzado en Tierra Santa, muerto en la batalla de Muret a principios del siglo XIII, inmediatamente alzado como vampiro del clan Lasombra y destinado a traer la Redención a su extirpe. La imagen es la Cúpula de la Roca, en Jerusalén, muy relacionado con su misión.


Para seguir, el personaje humano más importante de todos: Sybille. Esposa de Fernando en el siglo XIII, aceptó compartir la suerte de sus hermanos de la fe cátara y murió en la hoguera en Montségur en 1244. Las Profecías de Isaías dicen que se reencarnará siete siglos después y que ella será el cáliz que traerá la Redención a los vampiros. El escrito que colgué aquí, "A través del velo del tiempo", es cómo empieza la partida desde su punto de vista. Las Profecías se refieren a ella como "La Rosa" o "La Virgen de la Luz". La rosa de la ilustración es de la variedad San Pedro, lo cual va que ni pintado para el personaje.


Los demás matados del grupo de valientes que tiene que conseguir el perdón de los malditos. Sigamos con Luis Martin de Benasque, el hermano mayor de nuestro protagonista. Destinado por nacimiento a heredar la pequeña hacienda del padre en el Pirineo, bien casarse y tener muchos hijos, Luis siempre despreció ese destino. Curioso, ávido de cultura en una época de ignorancia, estudioso de misterios esotéricos, fue gravemente herido en un incendio y su hermano tuvo que convertirle. Hace 600 años que no se le ve, aunque se cree que está relacionado con numerosas sociedades secretas. Aparece al final de "A través del velo del tiempo".


Aquí va el miembro más carismático, que también se menciona (y se describe) en "A través del velo del tiempo": Bertrand de Tolosa. Nació a mediados del siglo XII en Tolosa (actual Toulouse), se ganó la vida como el trobador "Pájaro de Fuego". Enamorado de la reina Leonor de Aquitania, fue maldito por una mujer despechada (a quien dejó embarazada cuando aún era humano). Ahora el fantasma de Leonor vive en él, atormentándole, hasta que sea capaz de amar a alguna descendiente de esa mujer. El problema es que su única descendiente ahora es vampira (ver luego). Bertrand es un genio de la música, del clan Toreador, y ahora (año 2000) es el más famoso cantante de heavy-gótico del mundo. Su debilidad son las mujeres. No es que las busque, es que le encuentran, y como de verdad le importan siempre le arrastran a algún lío. Su auténtico amor, aunque ni él lo admita, es Satheene (ver más abajo).



¿Hablábamos de la única descendiente de la mujer despechada que le maldijo? Se trata de Aurembiaix... su nieta. Bertrand tuvo una historia con ella, sucumbió al ansia de sangre y acabó por convertirla en vampiro para evitarle la muerte. Ahora sólo podrá librarse de la maldición si la escoge a ella por encima de Leonor (aunque no es necesario que sea por un amor romántico, puede ser por un cariño más profundo). Aurembiaix fue convertida allá por 1214 en Barcelona, aunque nació en Occitania. Es una vampiro Toreador. El problema es que, cuando vivía, era una maga de la tradición Cuentasueños (chamanes que ven los espíritus de las personas, animales y lugares). Ahora, sólo es capaz de ver a los muertos. La imagen de fondo es la entrada del campo de concentración de Auschwitz, un lugar relacionado con una búsqueda que tuvo que emprender y que cambió totalmente su percepción del mundo. Tras recibir dolor durante muchos siglos por el amor que sentía por Bertrand, está empezando a decantarse por Nasher (más abajo). Es la manager de Bertrand.


Y una de las historias más tristes del grupo. A principios del siglo XIII, una serie de bandas de pobres miserables se movían por toda Europa, en busca de subsistencia, entre ellos, niños. Existe la tradición/mito/historia (los estudiosos están en ello) de que al menos alguno de estos grupos quería alcanzar Jerusalén para convertir a los musulmanes al cristianismo de forma pacífica. La leyenda conoce estos movimientos como la Cruzada de los Niños, por el número de criaturas que participaron. Ninguno llegó a Jerusalén, murieron por el camino o fueron vendidos como esclavos. Jean era un niño de 10 años, nacido en Poitiers, a quien su familia pobre envió a la Cruzada de los Niños por no poder mantenerle. A punto de morir de hambre en Génova, fue convertido por varios vampiros pre-sabbath como regalo al Dux de la ciudad. El grupo de personajes jugadores, sin embargo, se hizo cargo de él. Desde entonces, es el hijo adoptivo de Bertrand. En la actualidad es un Puto Genio de los Ordenadores, el único canal que tiene para comunicarse sin que nadie le tome el pelo por ser un crío... desde hace más de siete siglos. Tuvo un "affair" con Satheene.


Le toca el turno al vampiro más poderoso del grupo y uno de los más antiguos que camina sobre la faz de la tierra: Amón, originario de Alejandria, en Khemet ("la Tierra negra", el nombre que los egipcios daban realmente a su país). Escriba en el Serapeo, la Biblioteca pequeña de Alejandría, fue convertido en Brujah allá por el año 30 dC. Vivió el saqueo por los romanos del Templo de Salomón en Jerusalén y es uno de los que ha custodiado fragmentos de la Profecía de Isaías desde entonces. Tiene 2.000 años y su apariencia es la de una terrorífica estatua blanca. Ha tenido histrorias con Marie y Bertrand, pero puede que cierta maga humana recién llegada le haga "despertar". Alcanzó la Golconda (un estado de gracia vampírica) hasta que, en el siglo VII, la perdió al hacer a su única chiquilla, Marie. Es un estudioso de Khemet, aunque las universidades rechazan a menudo sus teorías por considerarlas "descabelladas".


El mejor amigo de Amón y uno de los luchadores natos del grupo: Vladimir, del clan Gangrel. Originario de Moldavia, ayudó a Amón en el siglo VI dC, cuando éste huía por Europa. Vladimir era un leñador de una región remota de los Cárpatos, acostumbrado a una vida sencilla, que fue convertido por un grupo de Gangrels errantes enfrentado a los Tzimisce. Vladimir es silencioso, iletrado hasta hace poco, sincero, honesto y, por loco que pueda parecer en un vampiro, buena persona. Es de los pocos vampiros que tienen una relación más o menos aceptable con hombres lobo (o sea, que tiene posibilidades de hablar con ellos en vez de sacarse los hígados). En la actualidad, vive en el Pirineo catalán, como guardia de los refugios de montaña de un Parque Nacional. Ha tenido líos recientes con Marie, de quien está enamorado en silencio. El fondo de la ilustración es, en realidad, un bosque de la Selva Negra alemana.




Esta es Marie. Su verdadero nombre es Nimue, miembro de una tribu celta de Breitz (Bretaña), fue convertida por Amón en el siglo VII cuando estaba muriendo de parto. Adora a Epona, la diosa de los caballos, la fuerza y la velocidad. Es una guerrera nata, en todos los aspectos, aunque actualmente su aspecto recuerda más a Lisbeth Salander: llena de piercings, con chupa de cuero, botas militares y medias rotas. Fue, es y será unu espíritu libre, aunque Vladimir ejerce una extraña magia sobre ella.

 

Y con ella llegó el escándalo: Satheene. Es, biológicamente hablando, la más complicada del grupo. Su madre fue una monja veneciana que, en el siglo XII, quedó encinta de un íncubo. Un sirviente del Dux vampiro de Venecia encontró a la mujer y decidió experimentar con ella. Justo en el momento del parto, la convirtió en vampiro. El bebé, Satheene, murió y fue convertida en el proceso, naciendo como un ser medio súcubo, medio vampiro Lasombra. De día está viva, pero muere con cada ocaso y de noche es un vampiro. Tiene una irrefrenable compulsión por el sexo y sólo puede alimentarse (de sangre) si alcanza la excitación sexual. Le aterrorizan los símbolos divinos, tiene pesadillas atroces, las demás mujeres del grupo no la pueden ni ver y a todos los varones se les enciende la luz de "alarma" cuando se acerca. Beber su sangre equivale al fuego del infierno, que hace que un vampiro se sienta casi vivo (y caliente). A su manera, ama a Bertrand. Ha sido concubina, espía y consejera secreta de reyes. Actualmente, tiene un buffete de abogados en Nueva York.
 



Uno de mis personajes favoritos: Nasher Ibn Al-Qadet, hijo del califa del reino taifa de Valencia, fue convertido a finales del siglo XII como regalo de su padre al príncipe vampiro de la ciudad, un Assamita (clan de asesinos). Nasher abandonó su corte y su antigua vida, repudiando a los assamitas, y se refugió en Turtuxa (actual Tortosa). Musulmán, extremadamente culto, su pasión es la arquitectura y su afición la poesía y la astronomía. Enamorado en un principio de Satheene, sus afectos se decantan ahora hacia Aurembiaix. Siempre me imaginé al personaje como el actor de la ilustración, no puedo evitarlo. El fondo es difícil de apreciar, pero es la Alhambra de Granada (aunque no tenga relación con él, es un auténtico tesoro árabe en España). En la actualidad, es el accionista mayoritario de varias empresas constructoras.

 

Además de Sybille y de la maga Michelle (ver post anterior), hay más personajes no vampiros que acompañan/ayudan/fastidian al grupo. Uno de ellos es Daniel Mercier, un hombre lobo de la tribu de los Hijos de Gaia, que aparece en el escrito "Hijos de Gaia" (que aquí hace referencia a los lupinos como guardianes de la Madre Tierra, no específicamente a su clan). Nacido en Ussat-les-Bains, sur de Francia, está enamorado de Sybille y hará cualquier cosa por protegerla... cabreando a todos los vampiros en el proceso. Las montañas de la imagen son Els Encantats, unos picos preciosos del Parc Natural d'Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, en el Pirineo catalán.



En fin, ya he perdido un poco el tiempo por hoy.

Vampiro: Redención, ilustraciones de los personajes
vanecaos

¡Hola! He estado trabajando en ilustraciones sobre los personajes de mi campaña de Vampiro, titulada "Redención". Las imágenes son de modelos y actores, algunos conocidos (porque inspiraron al personaje) y otros desconocidos, superpuestas sobre fondos relacionados con el personaje en sí. Tengo hechos unos cuantos, pero ahora mismo sólo tengo uno a mano, así que es el que subo. Cuando pueda, colgaré los otros.

Se trata de Michelle Témoins, una maga (o sea, que está viva, no es una vampira) de la tradición del Coro Celestial. Es ingeniera física y trabaja en el Centro Nacional de la Agencia Espacial Europea de Toulouse. El personaje está inspirado en el libro "Las puertas templarias", de Javier Sierra.


 
Ya sé que me falta práctica con el Photoshop pero, eh, es un principio :D Sigo trabajando en el argumento estos días mientras sigo peleándome a muerte con el epílogo de "Rosa de sangre". Al menos, llevo escritas 10 páginas. Mi conciencia no descansará hasta que no acabe ese fic lo mejor que sepa hacerlo *puño en alto* Y preparar esta partida de Vampiro, para variar, me va a llevar meses, porque requiere una laaaaarga investigación histórica, ambientación (fotos, planos) de todas las ciudades por donde pasarán los personajes (con el diseño de la Corte vampírica de cada una), etc.

A ver si esta noche cuelgo los otros bocetos de los personajes. Ya sé que no le van a interesar  a nadie pero bueno, mi tiempo me lleva, así que al menos los cuelgo en algún sitio.


Haití: el infierno existe
vanecaos

Admitámoslo: la mayoría nos gastamos 7 euros en un cómic, o 20 euros en un libro, o en cualquier chorrada. Puede que no nos parezca mucho para ayudar a tres millones de damnificados en Haití, pero si todos vamos sumando al final sí lo será. Porque hay miradas que no tendrían que verse JAMÁS en este mundo. 



Unicef España ha habilitado un fondo de 100.000 euros como contribución inicial para cubrir necesidades de la población afectada y ha abierto canales de recaudación (www.unicef.es - 902 255 505) y cuentas bancarias:
- IBERCAJA: 2085-0103-91-0331182684
- CAI: 2086-0000-25-0701049356
- LA CAIXA: 2100-2273-18-0200119403

 

Bomberos Unidos Sin Fronteras:
- CAI: 2086-0094-6433-0001-5045
- IBERCAJA: 2085-0103-9403-3150-6488

 

Intermón ha abierto cuentas en:
- La Caixa: 2100-0765-81-0200111128
- Santander: 0049-1806-91-2111869471
- Caja Madrid: 2038-8978-17-6000016604
- Caixa Catalunya: 2013-0500-16-0213198878
- BBVA: 0182-6035-49-0201502475
- Banc Sabadell Atlántico: 0081-7011-11-0001698879
- Triodos Bank: 1491-0001-21-0010010201

 

Save the Children:
- Santander: 0049 0001 52 2410019194
- La Caixa: 2100 1727 12 0200032834
- BBVA: 0182-5502-58-0010020207
- Caja Madrid: 2038 1004 71 6800009930

 

World vision ha abierto cuentas corrientes en:
- Santander: 0049 5927 96 2795042708
- CAN: 2054 2000 80 9150663259

 

Manos Unidas:
- Santander: 0049-1892-63-2210525246 (Ref: Emergencia Haiti)

Louise Cooper (1952-2009): In loving memory
vanecaos


La noticia no es nueva, pero yo me he enterado hoy: Louise Cooper, reconocida escritora de fantasía, falleció el pasado 21 de octubre a los 57 años de un aneurismo. Decir que Louise era una reverenciada escritora para mí era poco: fue quien me enseñó la fantasía épica, otros mundos y otros dioses, tan distintos a los nuestros y a la vez tan dolorosamente parecidos debido a la condición humana.


Louise, en una de sus últimas apariciones

El primer libro de fantasía épica que leí, con 14 años,  (al margen de "La historia interminable" y ese tipo de obras) fue "El guardián de Lunitari", un libro colateral de la saga Dragonlance. Al principio no acabé de entenderlo, todo eso de otras razas y otros dioses me sonaba a chino. Pero algo en mí reconoció la atracción de poder huir de la gris realidad durante unos días, de poder sumergirte en mundos oscuros y luminosos donde todo es posible.

Así que me picó el gusanillo. Por aquel entonces era socia de El Círculo de Lectores y vi una trilogía de fantasía: "El Señor del Tiempo", de Louise Cooper. Me encargué el primer libro nada más, por si acaso no me gustaba. Ah, qué inocente... Conocer a Tarod, Yandros, el Sumo Iniciado, la Matriarca, Aeoris, Cyllan, fue como quitarse una venda de los ojos para entrar en mundo nuevo y resplandeciente. Fue el pistoletazo de salida a una inmersión a pulmón y sin oxígeno en el mundo de la fantasía, las leyendas, los juegos de rol, el dibujo y la escritura creativa.


El castillo de la Península de la Estrella


Después de la trilogía (devoré los tres libros, claro) "El Señor del Tiempo" vinieron otras muchas obras de fantasía. Decenas de ellos, sin pausa, durante años. Dragonlance, Michael Moorcock, Añoranzas y Pesares, Robert E. Howard, Anne Rice, El Imperio de Gorethria, los más recientes Nightrunner, mitología... Y, claro, la saga "Índigo" (Grimya, eres lo más adorable que he leído nunca) de Louise. Y, antes de descubrir Amazon, en cada viaje a Inglaterra, más libros suyos: "Espejismo", las trilogías "Star Shadow" y "The Chaos Gate" y, al tener Internet, copia de la historia original de Tarod, "The Lord of No Time".

Después de los dioses del Orden y del Caos vinieron otros muchos. Decenas de historias, mundos y nombres que pasaron ante mis ojos y me hicieron un poco más feliz a veces en épocas oscuras. Pero ninguno de ellos ocupará jamás un lugar equivalente a "El Señor del Tiempo", "Índigo" y Louise. Ella hizo que yo quisiera escribir (con todas mis limitaciones), ella me enseñó lo que yo necesitaba para ser feliz (la fantasía épica) y ella me acompañó durante todos los años de mi adolescencia hasta ahora mismo, cada vez que leía y releía sus libros.

Ella ha estado a mi lado y me ha ayudado a descubrirme un poco más como persona a lo largo de mi vida.

Te echaré de menos, Louise, sólo puedo decir eso. Gracias por todo lo que me has dado. Vivirás siempre en tus libros.

... y, en otra dimensión, más allá del Castillo de la Península de la Estrella, los dioses del Orden y del Caos guardaron silencio, aparcando momentáneamente su atávica batalla por la supremacía. Sólo por un instante, el mundo del Caos detuvo su eterno cambio. Sólo por un instante, los dioses del Orden aceptaron bajar la vista hacia el mundo de los mortales.

Quizás, hasta los dioses pueden llorar.



In loving memory...

 



"A través del velo del tiempo"
vanecaos
Bueno, estas vacaciones de Navidad no he escrito ni una coma, es lo que tiene ser mami y tener que entretener a la familia todo el día. PEro, como tenía mono de subir algo a Internet, aquí cuelgo otro pequeño capítulo de esa partida de rol de "Vampiro: La Mascarada" que estoy arbitrando.

Pequeña introducción: la historia tiene mucho trasfondo religioso y, a grandes rasgos, narra la lucha de un grupo de vampiros (en este juego, descendientes de Caín y, por tanto, malditos) para traer la Redención a su especie y poder retomar su vida como humanos. La primera parte de la campaña estaba situada en el siglo XIII y recorría diversos escenarios históricos: las Cruzadas, el saqueo de Constantinopla, la Reconquista española y, sobre todo, la guerra contra los cátaros en el sur de Francia.

El personaje principal, un vampiro Lasombra, se casó con una mujer cátara, de Occitancia, llamada Sybille. Milagrosamente, tuvieron descendientes. En las llamadas Profecías de Isaías estaba escrito que ella, su único amor, se reencarnaría más de 700 años después y sería la clave para conseguir la Redención de los vampiros. Para ello, deberían proteger a su descendencia a lo largo de los siglos. Sybille se reunió con sus hermanos de fe para compartir su final en marzo de 1244, en el castillo de Montségur, donde 200 cátaros fueron quemados vivos sin renunciar a su fe (podeís encontrar en Internet muchas páginas con información sobre la "herejía" cátara).


Las ruinas del castillo de Montségur (Francia)

Esta es la historia de cómo empezaría para la reencarnación de Sybille la segunda parte de la campaña, en el París del año 2000. El grupo de vampiros perdió la pista a los descendientes de la Sybille original, no saben dónde está ella y se les acaba el tiempo para encontrarla. Por su parte, la Sybille reencarnada no recuerda su vida pasada, pero tiene aterradoras pesadillas...

El cantante de rock Bertrand de Tolosa, que aparece en este escrito,  es otro de los vampiros de ese grupo especial: un trobador de finales del siglo XII, que ha decidido enviar al demonio la discreción exigida a su especie cantando su historia, con la esperanza de que, en algún lugar del mundo, ella recuerde... El vampiro que aparece al final es el hermano del personaje principal.


A TRAVÉS DEL VELO DEL TIEMPO

 

"... dolor. Un dolor atroz, lacerante, insoportable. El dolor se clava en toda mi carne como millones de diminutas agujas. A pesar de todo, canto. Sé que lo hago porque mi boca está abierta y mi garganta se mueve con la melodía. También hay canciones a mi alrededor. Pocas. Se van transformando en los gritos de los agonizantes a medida que las llamas nos alcanzan a todos, abatiéndonos entre el olor a carne humana quemada.

 

Debe ser mi turno, porque el dolor se clava en mis pies y lame mis piernas. El dolor es tan horrible que destruye mis nervios y, en un instante entre la vida y la muerte, dejo de sentirlo.

 

En esos últimos segundos, noto algo fresco en la cara y doy gracias por ese último regalo. Pienso que debe ser viento, porque se lleva el acre humo negro de los cuerpos en la hoguera el tiempo suficiente para poder ver el sol iluminando un cerro sobre el que se alzan unas paredes de piedra. Qué curioso. Ahora que estoy a punto de perder mi cuerpo me parece tan material, un esfuerzo tan primario de los hombres... Pero ese lugar no es sólo físico. Es lo que nosotros, mis hermanos de fe y yo, quisimos que fuera.

 

Mis pulmones se llenan de humo y los últimos vestigios de conciencia, de vida, empiezan a apagarse. No recuerdo el nombre de esa construcción, pero no es importante. Quisimos que fuera un lugar seguro más allá de las paredes de piedra. Un lugar construido sobre una veta de poder señalada por los antiguos paganos, un lugar donde late la energía de la tierra, conectándolo con el cielo. Un lugar donde todo hombre y mujer de buena voluntad podría encontrar solaz. Más allá de la religión, de la condición social... o de la vida y la muerte.

 

Dejo de cantar porque mi garganta está abrasada, consumida por las llamas. Mientras el resplandor de la hoguera es reemplazado por una luz pura, blanca, cometo mi último acto de atrevimiento. Espero que el Señor pueda perdonar el atrevimiento de esta pobre mujer.

 

Consagro mi voluntad, mi alma, parte de mis energías a hacer que aquel lugar sea el monte seguro que quisimos. Allí podrán acudir los hombres de buen corazón en busca de paz. Allá podrán acudir los Guardianes de la Tierra a velar por su antiguo lugar sagrado. Allá podrán acudir aquellos con el don de modelar las fuerzas de mundo en busca del maná que necesitan para su arte... Y allá podrán acudir los malditos del Señor. Los condenados a la oscuridad y la sangre. Los hijos de Caín. Nada podrá tocarles, ni siquiera el sol que representa la luz de Dios.

 

Este es mi regalo a los seres que viven en el mundo físico mientras me alejo de él, de la violencia, las guerras y la crueldad. Un lugar de paz para todos.

 

Mi último pensamiento mientras mi alma vuelve al lugar donde pertenece, por encima de los cuerpos que se convulsionan en la pira, por encima de donde los soldados celebran su victoria, por encima de los muros iluminados por el sol del amanecer, es para ti. Te amo. Siempre lo he hecho. Tengo fe en tu luz, en tu bondad, incluso si has caído bajo la Maldición. Velaré por ti y por nuestra hija desde allá a donde vaya, pero tú tendrás que cuidar de nuestra descendencia a través de los siglos. Ojalá pudiera salvarte ahora, pero las leyes que rigen el universo son inmutables por una buena razón. Ahora que vuelvo a la luz lo entiendo y me abruma saber que tendremos una oportunidad de traer la Redención a los demás Malditos.

 

Tu peregrinar por los siglos será tu prueba de fortaleza, tu demostración de valía. Igual que los nuestros se encerraban en la soledad de las cuevas durante años, buscando la fuerza para salir de ellas convertidos en Hombres Buenos, tú, y quienes te rodean, tendrás que demostrar tu valía a través del tiempo. Sé que lo harás, sé que conservarás tu humanidad a pesar de la Maldición de la Sangre.

 

Y, dentro de setecientos años, volveré...

 

...

 

...luz... luz blanca, pura. Bondad.

 

Algo de me aleja de ella a tirones sangrientos ¿A dónde? A un mundo primario, físico, de dolor y de cuerpos materiales que me asusta. No quiero irme, no quiero dejar la luz. Es mi hogar, es a dónde pertenezco. Pero, a pesar de esa sensación, sé que debo seguir los empujones, que debo entrar en ese estrecho túnel oscuro de dolor y sangre hasta emerger... ¿dónde? No lo sé, y esa incertidumbre me asusta.

 

Me posee una sensación extraña. No quiero ir hacia allí, no quiero enfrentarme a ese mundo de carne de nuevo, pero es... urgente que lo haga. Algo importarte depende de eso. Suspiro, intentando llevarme algo de la luz que me rodea a ese nuevo mundo de oscuridad, y me dejo arrastrar. La luz blanca se difumina, se desvanece, y paso por una inquietante penumbra.

 

Antes de que el dolor y el miedo se apoderen de mí, creo percibir algo... o alguien. Alguien me está esperando en ese mundo nuevo al que voy, pero parte de él, parte de su ¿alma?, está aquí, atrapada en esta penumbra. Hay tristeza y deseo alcanzarle para consolarle, pero no puedo. Sólo podré hacerlo si entro en ese pequeño trozo de carne que me espera. Hay más como él, cientos, miles de almas atrapadas en ese limbo gris y frío. De muchos emana maldad, pero de él, del que me aguarda, no. Sólo tristeza y anhelo. Como si llevara mucho tiempo esperándome.

 

Por él, me dejo arrastrar a mi nueva envoltura. El dolor estalla a mi alrededor. La presión, la sangre, los gritos, el sonido de un corazón... todo me asusta. Todo es violencia y carne, ya no hay luz etérea, ya no hay paz. Tiran de mí, me aplastan, me empujan... El miedo es tan intenso que grito. Unos pulmones diminutos se abren por primera vez y el grito de un recién nacido, de una nueva alma en esta tierra de dolor, anuncia mi venida al mundo...

 

La joven se incorporó en la cama de golpe, con un grito agudo. El pelo le tapó los ojos cuando agachó la cabeza, jadeando. Al cabo de unos segundos, se inclinó hacia la mesita de noche para abrir la luz de la lamparita con una mano que temblaba. Se miró los dedos como si esperara encontrarlos carbonizados en vez de con aquel suave color tostado o que se hubieran reducido al tamaño de los de un bebé.

 

-Joder...

 

Pasó las piernas por el borde de la cama y se levantó, caminando sobre unas piernas que no parecían responder a sus órdenes, hacia el lavabo de la habitación. La luz azulada del fluorescente la hizo parpadear, desconcertada, y contempló su reflejo en el espejo, asustándose de sí misma. Los grandes ojos azul pálido estaban abiertos como platos, enrojecidos, con las pupilas dilatadas. Todavía corrían lágrimas por sus mejillas y, de no ser por el moreno que había cogido aquellas últimas semanas, parecería que había visto un fantasma. Levantó las manos temblorosas para echarse hacia atrás la melena rubia, que el sol había aclarado hasta parecer blanca en las sienes, se retorció el pelo en una coleta improvisada y se agachó para lavarse la cara y mojarse la nuca.

 

Cuando tanteó para coger la toalla, tiró varios de los innumerables frasquitos que poblaban el mármol del lavabo. Suzanne había vuelto a largarse sin recoger, claro. Tampoco es que hubiera podido hacerlo, a juzgar por el estado de histeria-pre-hiperventilación en el que había salido de la Residencia para ir al concierto. Toda maquillaje blanco, sombras negras y búuuu-búuuu-soy-una-gótica-de-fin-de-semana. Ella tendría que haber ido también, no sólo porque la música de aquel tipo le chiflaba -como a medio planeta, sólo porque el otro medio no tenía equipo musical-, sino porque quizás se habría librado de las pesadillas.

 

Suspiró y colgó la toalla en su sitio. Necesitaba aire. Normalmente, las noches de septiembre en París eran frescas pero últimamente parecía que hubieran metido a la ciudad entera en un invernadero tropical. Notaba la camiseta de tirantes y los shorts ceñidos que llevaba pegados al cuerpo por el sudor. Salió del baño de nuevo hacia la habitación que compartía con Suz en la residencia. Estaba patas arriba, todavía con cajas de cartón de mudanzas por todas partes. El curso no empezaría hasta dentro de una semana, pero la mayoría de los estudiantes ya habían corrido a tomar posesión de sus habitaciones y a organizar todo lo que habían arrasado de casa de sus padres.

 

Ella no había traído demasiado equipaje -era lo que tenía vivir al otro lado del charco-, y su mitad de la habitación estaba ya ordenada. La de Suz era un caos. Había cajas y bolsas encima de su escritorio y al pie de su cama y ropa por todas partes. El saloncito que compartían, al otro lado de la puerta del dormitorio, tenía el mismo aspecto de campo de batalla. Eso sí, lo primero que había hecho Suz al llegar había sido coger las chinchetas e inaugurar la pared de encima de su cama con un póster casi a tamaño real del cantante de moda. Lo cual no les iba a ayudar en nada a concentrarse en los estudios en cuanto empezaran las clases.

 

Volvió a sentarse en su cama, indecisa sobre si intentar volver a dormir o distraerse. El reloj despertador marcaba las 2 de la madrugada. El concierto debía estar en pleno apogeo y el pensamiento le hizo levantar la vista, topándose con el póster de Bertrand de Tolosa. El nombre ya era raro de narices para un cantante heavy -perdón, “gótico-melódico”, como diría Suz-, pero es que no había nada de normal en aquel tipo. Para empezar, nadie podía estar tan bueno, no era humanamente posible.

 

El póster mostraba a un hombre atemporalmente joven sentado -más bien, despatarrado- en lo que parecía un sillón de madera o un trono medieval cubierto con una manta de terciopelo negro, con un águila grabada justo por encima de su cabeza. El tipo tenía el codo derecho apoyado sobre uno de los brazos del trono y descansaba la cabeza sobre su dedo índice, en pose interesante contra su sien. Estaba hundido en el trono, con las piernas abiertas de forma irreverente y tenía la mano izquierda extendida al frente, gesticulando una invitación con un dedo, como si animara al observador a postrarse a sus pies. Lo cual, echándole un buen vistazo, no sería difícil. Llevaba unos pantalones de cuero negro, un cinturón grueso de plata y una camisa negra de mangas abombadas con puños abierta por delante hasta el ombligo, mostrando una generosa visión de un pecho fibrado, musculoso con una piel extra pálida sin mácula.

 

Pero lo que quitaba el hipo a la mayoría de las mujeres normalmente configuradas del mundo era su rostro. Bertrand de Tolosa -como se llamaba él mismo, a pesar de tener nacionalidad estadounidense- era rubio, con una larga melena hasta debajo de los hombros. El tono era extraño, de un dorado peculiar, como si el pelo fuera tan fino como hilos de ángel. Tenía las facciones angulosas,  delicadas, los clásicos rasgos de portada de revista de modas. Llevaba una gruesa cadena de plata al cuello de la que colgaba una cruz estrellada, anillos de plata en los dedos largos y toda una colección de ferretería diversa en ambas orejas.

 

En aquel póster lucía una media sonrisa entre seductora y demoníaca que dejaba ver otra de las cosas que hacía perder el seso a todos los góticos del mundo y a todas las jovencitas en general: colmillos afilados. O llevaba implantes para simular dientes de vampiro, en consonancia con su música, o era unos de esos tíos raritos que se los hacían limar por un dentista. Lo más probable es que fueran implantes, porque eran demasiado largos para ser los suyos de verdad; le rozaban el labio inferior. El tipo era como un cruce entre Marilyn Manson, un modelo de CK One y un ángel caído.

 

Pero la primera de las cosas que más la trastornaba a ella eran sus ojos. Debían ser grises, pero los focos de los conciertos que ella había visto por televisión o los de las sesiones fotográficas les arrancaban destellos plateados. Suzanne levitaría si la oyera decir aquello, pero había algo peculiar en esos ojos. Le recordaba las miradas que había visto en algunos niños o adolescentes en los campos de refugiados en los que había trabajado: la de alguien que ha visto todas y cada una de las miserias del mundo en carne propia y que, milagrosamente, seguía vivo. Lleno de rabia y muy frágil a la vez. Pero aquello no cuadraba con una estrella del rock, ¿no? Y, además, algo se agitaba en ella cada vez que miraba aquellos ojos, como si algo no estuviera bien. Eran grises, sí, pero, de algún modo, el color no era del todo... correcto. Lo cual no tenía maldito el sentido.

 

La segunda cosa que la trastornaba por completo y por lo que no había querido acompañar a su amiga al macroconcierto de aquella noche era su música. Ella no era una virtuosa, pero sabía solfeo, había recibido educación musical, no cantaba del todo mal y tocaba el violín y el piano. Así que sabía distinguir entre un auténtico músico y Britney Spears. Bertrand, si es que era su verdadero nombre, era un genio. Sin matices. Tenía grabadas todas sus actuaciones, sus vídeos y sus escasas entrevistas y le había visto tocar con auténtica maestría más instrumentos de los que podía nombrar, incluso algunos que sólo estaban en museos ¿Sus talentos como vocalista? Simplemente, tenía más registros de los que había creído posible en una garganta humana. Desde el rugido-derrumba-estadios de un cantante de heavy a las delicadas escalas de un castrati. Podía parecer salido de “Entrevista con el vampiro”, pero detrás de la pose había un talento que había hecho sucumbir hasta a los más reticentes críticos musicales del mundo.

 

A ella su música le daba pesadillas. Era como cánticos de sirena que la atrapaban, que llamaban a su alma, que creaban vívidas imágenes en su mente que luego se reproducían sin cesar en sus sueños. Muchas de sus canciones hablaban de guerras, de la hipocresía de los hombres de religión, de antiguas traiciones, de la búsqueda de la redención, de causas olvidadas a través de los siglos, de amores que sobrevivían al paso del tiempo. Siempre contado desde la perspectiva de cómo se sentiría alguien que hubiera vivido aquellos hechos y vivido hasta hoy. Todo ello con profusión de baterías, violines y velas negras. Incluso había conseguido que sus legiones de fans situaran en el tiempo las Cruzadas, la caída de Constantinopla o la tragedia cátara, dándole un baño a los profesores de Historia. Cuando algún periodista le preguntaba el por qué de esos temas, él se limitaba a contestar “porque quiero que la Rosa recuerde”.

 

La joven desvió la vista del póster y se dejó caer en la cama de través. Al momento, algo duro se clavó en su espalda. Hizo una mueca y metió la mano bajo el cuerpo para sacar la funda de plástico del CD que había estado escuchando justo antes de caer dormida. De Bertrand, por supuesto. Porque, a veces, lo que te asusta también te atrae como un imán. Y ella no podía dejar de escuchar su música porque, cuando lo hacía, con los auriculares y los ojos cerrados, dejándose envolver por su voz, tenía la estúpida sensación de que, de algún modo, estaba en casa. De que aquellas viejas historias de amor, valor, guerras y sacrificio le eran más familiares que la vida que había tenido hasta ahora. No es que se volviera loca por Bertrand, como la mayoría de fans. Su música era el vehículo que la trasladaba a alguna especie de sueño que no podía recordar. Como si la acercara a alguien. A alguien en concreto cuya historia estaba en esas canciones. Y siempre le dejaba una sensación agridulce y las lágrimas en los ojos. Como si algo se le escapara como arena entre los dedos, algo muy, muy importante. Y que, al no acabar de -recordar- entenderlo, le estuviera fallando a alguien.

 

Tumbada de espaldas en la cama, intentando respirar algo del aire caliente que se filtraba por la ventana abierta, se apretó los ojos con la palma de la mano. Eso, cuando la música de Bertrand no le provocaba directamente crisis nerviosas. La primera vez había sido con aquella balada que daba nombre al CD: “Rosa de Occitania”. Era uno de aquellos himnos heavies capaces de silenciar por completo un estadio y llenarlo de mecheros encendidos por los tipos más duros y tatuados del mundo. Comenzaba con un solo de algún tipo de instrumento de cuerda medieval, antes de dar paso a las guitarras acústicas. Era una canción de devoción absoluta que Bertrand cantaba con un lenguaje arcaico a una mujer desconocida, a la que llamaba “la Rosa”. Pero, al final, admitía que él sólo estaba cantando el amor que sentía por esa mujer otro hombre, el auténtico dueño de su corazón. Él sólo era el trobador.

 

Algo húmedo y tibio resbaló por sus mejillas y, sorprendida, se dio cuenta de que eran lágrimas. Otra vez. Y no había tenido ni que escuchar la maldita canción, sólo recordarla. La primera vez que la había oído, cuando había ido con Suzanne a la Fnac y habían curioseado el álbum gratuitamente, había acabado doblada sobre sí misma como si le hubieran dado una patada y llorando como si le arrancaran el corazón del pecho. Afortunadamente, los clientes habían meneado la cabeza con una sonrisilla y se habían limitado a pensar que sólo era otra groupie histérica. Así que por eso no había ido al concierto. Porque había algo en aquel hombre, en su música, que la aterrorizaba.

 

Hasta el punto de hacerle tener pesadillas y convertirla en la única freak del mundo que creía recordar su propio nacimiento. Lo cual, médicamente hablando, era imposible, como ella sabía bien. Por no hablar del fuego...

 

Contuvo un escalofrío y se dijo que era por el aire de la noche en su piel sudada, mientras la sensación de ser abrasada viva amenazaba con volver a salir del rincón en que la había encerrado al despertar. Dios, ¿es que no había tenido bastantes pesadillas espantosas de niña? Creía haberlas tenido bajo control a medida de crecía y que la lógica de la madurez se imponía sobre el sinsentido. Pero, de un tiempo a esta parte, habían vuelto. La de ser ser quemada viva era una de las que más veces habían conseguido despertarla gritando cuando era pequeña, aferrada a su osito de peluche mientras intentaba llamar a gritos a alguien que no sabía quien era ¿Por qué había vuelto a atormentarla, tantos años después?

 

Se abanicó con el CD más por costumbre que porque esperara encontrar algún alivio real al calor. Espera... Se había quedado dormida escuchando una canción de Bertrand, ¿verdad? ¿Cuál era? Se había comprado el CD hacía un par de semanas pero, a diferencia de Suz, no lo había escuchado de golpe. Las emociones que le provocaba cada canción eran demasiado intensas. Ayer se había atrevido a escuchar otra canción y creía recordar el track número 8 en el reproductor. Consultó la lista de canciones en la parte trasera del CD, resiguiéndolas con el dedo, hasta dar con la 8: “De hogueras y fe”. Bonito título pero poca información.

 

Sacó la carátula delantera del CD sin mirar la portada. Era el clásico librito con las letras de las canciones, fotos extras y agradecimientos. Se sentó en la cama con las piernas desnudas cruzadas y buscó la canción. No necesitaba la letra, pero sí algo de información. Bertrand siempre añadía notas sobre cada una de sus canciones, escritas como si él mismo hubiera vivido los hechos, interpretando su personaje de vampiro nacido en la Edad Media que tanto éxito le había deparado.

 

“De hogueras y fe” narraba la caída de un castillo y la quema de los resistentes en el transcurso de una guerra religiosa, pero no daba datos históricos, se centraba en las emociones de un testigo de los hechos. Ah, sí. Una reseña al final de la letra, escrita por el mismo Bertrand con una caligrafía florida que la imprenta había respetado: “El castillo de Montségur, bastión emblemático de los Cátaros, se rindió al ejército Francés el 16 de marzo de 1244 tras un prolongado asedio con catapultas. Un total de 226 Hombres y Mujeres Buenos fueron quemados vivos a los pies del castillo. Ninguno de ellos renunció a su fe. Todavía oigo sus gritos y recuerdo sus ojos azules, girándose hacia nosotros antes de dirigirse hacia la pira con el resto de sus hermanos. Dios te guarde hasta que vuelvas, mi Rosa”.

 

Oh, Dios...

 

Su mano estrujó el libreto convulsivamente mientras las imágenes de la pesadilla, de aquella visión atroz que la había atormentado desde pequeña, se liberaban de golpe y bailoteaban ante sus ojos. Se dobló sobre sí misma creyendo percibir el olor a carne quemada y alzó la cabeza, respirando profundamente. La silueta de unas murallas de piedra sobre una montaña se le quedó grabada y jadeó, parpadeando para aclararse las lágrimas. Oh, Jesús...

 

La mirada se le desvió hacia la portada del CD que sostenía en la mano y la sangre se le heló en las venas. La había visto, claro, pero nunca se había parado a estudiar los detalles. Las letras góticas “Rosa de Occitania” destacaban en plateado sobre un fondo negro y la mayor parte de la portada la ocupaba la imagen de una delicada rosa blanca de grandes pétalos salpicados con gotas de agua, algunas de las cuales resbalaban como lágrimas, enmarcada por llamas. En la esquina superior derecha, lamida parcialmente por el fuego, se apreciaba la figura de unas ruinas. Un castillo.

 

Santa Madre de Dios...

 

El castillo del CD era poco más que un montón de piedras sobre una montaña que se adivinaba imponente, pero ella no necesitaba de un estudio arqueológico para reconstruir cómo había sido la fortaleza cuando estaba en pie: los muros que veía en su pesadilla encajaban perfectamente, incluso con algún detalle adicional. Recordaba que una de las murallas estaba parcialmente derrumbada, igual que parte de la torre central, como si hubieran sido derruidas durante un asalto.

 

Soltó el CD con un grito ahogado, como si portara alguna maldición fatal, y saltó de la cama, recorriendo la habitación a pasos rápidos con la sensación de que el corazón se le había atravesado en la garganta, privándola de oxígeno. No debía mirar el póster, no debía mirar el póster...

 

Boqueó, echándose el pelo largo hacia atrás, y se precipitó hacia la ventana abierta, aferrándose con ambas manos al marco de madera. Tomó aire profundamente varias veces, intentando calmarse. Era una estúpida pesadilla, algún tipo de... de trauma infantil resucitado por un... por un estímulo reciente y lo que tenía que hacer esa deshacerse de aquel maldito CD, de todos los vídeos de aquel cantante y decirle a Suz que descolgara el dichoso póster o que se buscara otra compañera de habitación para lo que les quedaba de prácticas. Eso era lo que tenía que hacer o...

 

Parpadeó, interrumpiendo sus pensamientos inconexos mientras enfocaba la calle. La ventana de la habitación de la residencia estudiantil iba a dar a un parque, uno de los numerosos rincones coquetos de aire romántico dispersos por todo París. Sauces llorones de ramas largas, parterres de hierba, farolas de estilo imperial y bancos de hierro forjado con caminitos de grava. Normalmente, era un rincón acogedor al que muchos estudiantes acudían a leer por la tarde y que congregaba a bastantes parejas cuando caía la noche, murmurando en los bancos al pie de las farolas cuando no hacía demasiado frío.

 

¿Por qué todas las farolas estaban apagadas?

 

Sus ojos se dieron cuenta entonces de lo que estaba mal: no sólo el parquecillo, sino toda la calle que lo rodeaba estaba a oscuras. Sólo las luces que provenían de las otras habitaciones ocupadas de la residencia -que no eran muchas a principios de septiembre- y de los edificios de vecinos alrededor del parque rompían la penumbra. Había algo... algo que ponía los pelos de punta en aquella oscuridad, como si fuera más que la simple ausencia de luz, más profunda, más densa, como tinta negra que ocultara algo que se movía bajo la superficie.

 

Instintivamente, con el corazón latiéndole en las sienes, cerró la ventana, corrió las cortinas con un gesto brusco y bajó la persiana. Había... algo... algo que no quería que se acercara a ella.

 

Abrió y cerró las manos, plantada ante la ventana cerrada, mientras luchaba contra el impulso de salir corriendo de allí, precipitarse en la primera habitación ocupada por alguna otra estudiante que encontrara y pedir asilo bajo las mantas. Al final, sucumbió a esa necesidad.

 

Con la sensación de que alguien le estaba pasando un dedo frío por la columna vertebral, abrió de un tirón la puerta de la habitación y se precipitó a la pequeña salita a oscuras que tendría que cruzar para alcanzar el pasillo de la planta. En cuanto puso un pie en la salita se quedó paralizada, con la sensación de que todos los nervios de su cuerpo se habían roto.

 

Había alguien allí. En la salita a oscuras. La penumbra tenía la misma cualidad densa que la del parque exterior, como si estuviera viva. Y algo la estaba mirando desde el sofá del extremo más oscuro. En aquel momento entendió por qué muchas víctimas de asesinato no conseguían dar la alarma antes de que su agresor las atrapara. El miedo paralizaba sus gargantas igual que lo hacía con la suya. Sólo pudo gemir débilmente.

 

-Buenas noches. Siento si te he asustado, no era mi intención.

 

La voz, profunda y sosegada, era masculina. De algún modo, ella ya sabía que su asesino en ciernes era un hombre. Seguía sin verle, pero notaba su presencia como si llenara toda la salita. Las pocas neuronas de su cerebro que seguían funcionando registraron que hablaba inglés con una corrección británica, pero tenía un acento peculiar. Y había algo en aquella voz...

 

Oyó un rumor sordo de ropas y un crujido que le indicaron que el hombre se había levantado del sofá. Unos pasos suaves. Seguía sin verle. Empezó a parpadear con un tic nervioso.

 

-Paz.

 

La palabra parecía contener un firme mandato y una promesa de calma. Sin saber por qué, el nudo en su garganta se aflojó y ella pudo volver a respirar. El corazón seguía al borde del paro cardíaco, pero era como si hubieran untado su cerebro con un bálsamo de calma antinatural.

 

-¿Q-Quién es usted?- su voz, siempre tan suave, parecía un graznido.

 

Intuyó que el desconocido sonreía. Más pasos tranquilos. Las sombras parecieron arremolinarse. Habría tenido más lógica decir que el hombre había encendido una luz y que las sombras se habían retirado, pero eso no fue lo que pasó. Aquella oscuridad densa pareció ondular, concentrarse alrededor de su persona y fundirse con él, dejando solo la penumbra normal, atenuada por la luz de la mesita de noche encendida en la habitación que ella tenía a sus espaldas.

 

El hombre no era demasiado alto, pero parecía enorme por algún motivo. En aquella oscuridad, ella vio que algo largo se movía al caminar: una gabardina o una prenda larga negra.

 

-Soy un amigo que trae respuestas... Sybille.- el hombre sonrió y se acercó a un metro y medio de ella-. Te he buscado durante mucho tiempo, más del que imaginas. Este lugar no es seguro para ti, ya no ¿Vendrás conmigo, por favor?

 

Ella se quedó mirando la mano que le tendía. Por alguna razón pensó que era hermosa. Delgada, elegante, de huesos largos, extremadamente pálida. Con un grueso anillo de oro en el dedo mediano. La mano de un hombre cultivado, no de un asesino.

 

No tenía ningún sentido. No tenía maldito el sentido. Estaba a solas en su habitación, en pijama, a oscuras, fuertemente alterada con un tipo desconocido que había entrado Dios sabia cómo y que era casi lo más siniestro que había visto en su vida. Pero Sybille pensó que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía a salvo.

 

Extendió la mano hacia él."


Estela que recuerda a los 200 cátaros abrasados en el Camp des Cremats, al pie de Montségur



Hijos de Gaia: pequeño extracto de una historia original
vanecaos
He escrito un par de capítulos de una partida de rol de Vampiro:La Mascarada que estoy preparando. La histori, así como los personajes, es original y sopeso la posibilidad de escribirla entera. Los personajes principales son todos vampiros, pero también aparecerán magos y hombreslobo. Aquí os dejo un escrito que podría ser la presentación del personaje lupino. Por si alguien conoce el universo de "Mundo de Tinieblas" y de "Hombrelobo:Apocalipse", es un miembro de la tribu de los Hijos de Gaia. Su nombre es Daniel y vive en Ussat-les-Bains, un pequeño pueblecito en el Pirineo francés, departamento de Ariège, conocido por sus termas y sus cuevas.

Paisaje de Ussat-les-Bains

HIJOS DE GAIA


"El aire de la noche es fresco, limpio. Se deposita como una caricia sobre la tierra ardiente, aliviando el calor después de todo un día de verano, y entra en mis pulmones con la promesa de libertad.

Libertad.

Una palabra tan vasta, un concepto tan gigantesco que parece inabarcable para alguien como yo, atrapado en esta débil prisión de carne. Mis sentidos atrofiados por la cárcel de cemento y humo en la que me veo obligado a existir no llegan a percibir todos los matices que trae la brisa de la noche. Mis oídos no distinguen sonidos por encima del obvio murmullo del arroyo cercano. Mis pies no pueden percibir la textura de la hierba reseca, encerrados en calzado humano. Y mis otros sentidos, los más importantes, los que nos conectan con el mundo que nos rodea, sólo alcanzan a percibir la forma primaria de las cosas, sin llegar hasta su alma.

Mi impotencia, mi debilidad, me enerva, hace que mi sangre hierva. Sí, ese es el camino. La Rabia corre por mis venas, la justa ira por los sufrimientos de la Gran Madre, por la persecución de mis hermanos, por el avance imparable de esa maldita plaga que es la humanidad.

Empiezo a correr. Me alejo del camino de tierra que sale de la pequeña ciudad y se interna en las montañas. No puedo vivir en una gran aglomeración, ninguno de los nuestros puede, o casi ninguno. Cada agresión a la Gran Madre, cada edificio, cada pozo que se perfora para construir vías de tren, cada carretera de cemento que la surca como venas artificiales es como una espina que se nos clava en el cerebro, aumentando la Rabia.

Mis pies, aún siendo débiles en esta forma, me llevan rápido hacia la ladera escarpada de la montaña, allá donde empieza el bosque. Incluso ahí hay señales de humanidad: torres de electricidad que se clavan como estacas en la Madre, cables que surcan los cielos, impidiendo que los pájaros señoreen los cielos en libertad. Todavía percibo el resplandor anaranjado de las farolas de la pequeña ciudad. Los humanos osan incluso rivalizar con el brillo de las estrellas. Son una condena, son el Daño de la Madre. Todas sus acciones la debilitan, la asfixian, la someten a su voluntad.

¿Quiénes se creen que son? Patéticas criaturas que pueblan el mundo como chinches, que compiten por crear maravillas de tecnología sin entender las maravillas que ya les rodean. Han olvidado lo que es sentir el latir de la Tierra bajo las manos al tocar una roca cubierta de musgo. Han olvidado cómo reconocer el cambio de la estaciones por el olor del aire. Han olvidado la dignidad que deben deparar a las bestias salvajes. Han perdido la capacidad de ver en el Mundo de los Espíritus incluso cuando las puertas están abiertas, al alba y durante el crepúsculo. Incluso han olvidado alzar la vista al cielo.

Nosotros no.

Un gruñido sale de mi pecho, imparable a pesar de la forma en la que estoy atrapado. La Rabia ante los crímenes del hombre hace que mi sangre empiece a pulsar, calentándose, bullendo. Mis pies vuelan sobre la tierra, esquivando troncos y roncas. Aún así, me siento torpe, ridículo. No por mucho tiempo. Durante 21 días he logrado reprimirme, vivir entre ellos a pesar de que, con toda justicia, podría exterminarles. Pero hoy no podría controlarme, ninguno de mis hermanos podría. El ansia nos despierta, nos vuelve irascibles... peligrosos. Porque nosotros todavía miramos al cielo.

Y hoy es luna llena.

Sonrío mientras corro montaña arriba por la trocha iluminada por la luz de la luna y sé que mi mueca daría pavor a un humano. Todavía son capaces de intuir que no somos como ellos, a pesar de que imitamos sus ropas y su comportamiento. A eso nos han obligado siglos de persecución y de destrucción de nuestros lugares sagrados. A vivir como corderos entre quienes nos han matado, despellejado, quemado y torturado, empujándonos al borde de la extinción mientras han hecho lo mismo con la Gran Madre.

Bastardos.

El rugido retumba otra vez en mi pecho, más grave, y siento los primeros signos del Cambio. Mi temperatura se eleva, mis huesos arden y la Rabia empieza a arrastrar la parte civilizada de mi cerebro, como el torrente del deshielo se lleva la suciedad del lecho de los ríos. Sigo corriendo porque es lo único que alivia el frenesí, la necesidad de morder y de desgarrar, de pagar con los humanos toda la lista de agravios.

Ellos deberían haber amado a la Gran Madre incluso más que nosotros. Son el punto final de la evolución, las criaturas que debían combinar inteligencia y delicadeza para poblar la Tierra y extender el mensaje de armonía entre todas las criaturas. Nosotros sólo éramos los Guardianes de los lugares sagrados, de las antiguas tradiciones, el eslabón entre ellos y las bestias. Pero los humanos se corrompen con facilidad. Olvidaron la conciencia de la manada, olvidaron el respeto debido a toda criatura viva, grande o pequeña, y se volvieron en contra de su Madre. Ensuciaron los ríos que son sus venas, cortaron los bosques que son sus pulmones, perforaron pozos para extraer su misma sangre, la ataron con carreteras, la sepultaron con cemento, apresaron a sus criaturas y las encerraron en jaulas, torturándolas en pos de la ciencia.

Asesinos.

Grito al saltar la hondonada del río. Es una caída profunda y tengo que salvar más de tres metros de ancho. Ningún humano podría hacerlo. Pero la criatura que cubre el vacío, acariciada por la luz de luna, no es humana. Nunca lo ha sido.

Mi cuerpo se despereza con elegancia en el aire, desplegándose hasta alcanzar su auténtica forma. Cuando aterrizo al otro lado con un sonido sordo ni siquiera me detengo para recuperar el equilibrio. Los poderosos músculos de mis patas traseras me impulsan hacia delante con una fuerza que ninguna máquina puede imitar. Levanto tierra mientras corro por el bosque en silencio, cuesta arriba, sin que ni una sola fibra de mi cuerpo registre el esfuerzo. Esquivo las ramas bajas de los árboles y las raíces presintiendo dónde estarán antes de llegar hasta ellas. Cuando respiro profundamente, mi olfato me dice cuánto falta para el otoño, por dónde ha pasado el último jabalí, cuánta humedad hay en la tierra que piso para que los árboles puedan beber. Giro la cabeza a ambos lados mientras galopo y todo es distinto, como si, por fin, después de vivir en la oscuridad, pudiera ver.

Cada hoja tiene un nitidez afilada, cada luz y cada sombra se descomponen en cientos de matices que puedo apreciar. Cada criatura viva, árbol, planta o animal, vibra con su propia longitud de onda, con el reflejo de su Espíritu. Puedo decir qué viejo abeto está enfermo, cuánta sed tiene la tierra tras meses sin lluvia. Puedo decir si el bosque está en paz o empapado de tristeza. Puedo sentir la Huella que han dejado los grandes árboles que vivieron aquí hace siglos. Todas las criaturas tienen su reflejo en el Mundo de los Espíritus. Hubo un tiempo en que los humanos también podían verlos y hablar con ellos. Pero los grandes chamanes hace tiempo que dejaron este mundo enfermo. Ahora, sólo nosotros podemos ver el reflejo espiritual de los seres vivos. Sólo nosotros sabemos cuán enferma está la Tierra: Gaia, nuestra Gran Madre, agoniza.

Pero esta noche el bosque vibra. Sabe que algo extraordinario ocurrirá y parece recuperar parte de su energía perdida, como si todos los seres vivos se escondieran en sus madrigueras y aguantaran la respiración, a la espera de oír la primera señal.

Ojalá pudieras verme ahora, humano. Entenderías por qué sientes ese escalofrío de aprensión cuando te pierdes en un bosque por la noche. O por qué parece que la naturaleza te vigile, acusándote, cuando te atreves a internarte en algunas fuentes en lo profundo de las montañas, o en cuevas que ningún pie humano ha pisado jamás. Sí, entenderías por qué no eres bienvenido. Si me vieras ahora, mientras corro hacia la cima que permite divisar todo el valle iluminado por la luna, rodeado por los altos centinelas de las montañas, entenderías por qué cambiaste de acera cuando te cruzaste conmigo en la ciudad.

Porque, en el fondo de tu corazón, sabes que eres culpable. Y, aunque tu mente adormilada por la estúpida lógica de estos tiempos no te permite asimilar que yo existo, todavía conservas el miedo inculcado a las generaciones de humanos que te han precedido. Porque sabes que, si te despojan de tu capa de civilización -de tu coche, de tu móvil, de tus ropas, de tu casa de cemento- y te dejan solo en el bosque, volverás a ser el humano tiritando de frío que se aterrorizaba con los sonidos de la noche junto a una triste hoguera.

Cuando llego al pie de la cima, oigo el primer aullido. El macho alfa nos llama. A mi izquierda, entre los árboles, responde uno de mis hermanos. A lo lejos, el eco del valle nos trae otro aullido. Del fondo del río sube otro lamento ultraterreno. El bosque resuena con las voces de la manada y mi propio pecho tiembla, exultante, cuando mi aullido se une al coro y las mentes de mis hermanos tocan la mía, un eslabón más de la cadena. Todos conectados. Todos hambrientos. Todos rabiosos.

¿Me ves ahora, humano?

Somos los Guardianes de la Tierra.

Somos los ojos y las garras de la Gran Madre.

Somos los jueces de los crímenes del hombre.

Somos los Hijos de Gaia.

¿Tienes miedo, humano? Deberías.

Los lobos han vuelto al bosque.

Y han salido de caza."


Las termas de Ussat-les-Bains